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Toallitas higiénicas

 

 

Todo está bien. Una vez dejada la pesada carga depositada, provisionalmente, en la cámara de contención antes de accionar la exclusa para su expulsión del entorno habitable, procedemos a utilizar el kit de limpieza que acabamos de incorporar al protocolo de evacuación fisiológica, tan presente, respetada y mal vista como necesaria.

Al principio procedemos  a la operación con el procedimiento estándar. Papel. Papel, más o menos, suave, esponjoso o absorbente. Retirada la mayor parte de la pasta adherida a las paredes de la zona a sanear, respiramos hondo y, con una ligera torsión del tronco, asimos el estuche del kit y abrimos la práctica tapa de plástico, con la que se garantiza la humedad de las toallitas de papel higiénico, impregnadas con soluciones y preparados que aseguran el mejor cuidado y el máximo frescor de nuestra sacra zona anal.

¡Ay amigo o amiga! Sí. Porque esto no tiene género, amigos míos. No obstante bien es cierto que, por razones de estética social vosotras soléis llevar la herramienta necesaria para proceder, siempre preparada. Nosotros no solemos dejarnos las uñas largas y , por razones que invocan a un tal Murphy, estas siempre han sido cortadas y arregladas pocos minutos antes del ritual en cuestión.

Como decía, procedemos a la abertura del estuche de toallitas húmedas para tal uso y la mueca de fastidio, y desaprobación, al ver que aun está sellado, ya vaticina que en breve estaremos sumidos en la más visceral desesperación.

Accionamos el dedo índice de  nuestra mano dominante intentando convencernos de que hemos dejado suficiente queratina como para salir airosos de tamaña empresa.

Intentamos clavar la uña en la parte de unión entre la pegatina y el estuche, pero aplicamos poca fuerza y el dedo se sale de la zona de trabajo. Volvemos a ello aplicando mayor presión, deformando la superficie del estuche, quedando esta adaptada a la yema de nuestro dedo y disminuyendo la tracción ejercida, donde queremos levantar la esquina de la asquerosa pegatina, a la que ya le empezamos a coger cierta inquina por complicar algo tan sumamente básico y trivial.

Ejercemos más fuerza aún y la cosa empeora por lo que cambiamos la zona de ataque. Nos parece que desde esta nueva esquina aseguraremos el éxito de nuestra misión, pero se repite el fiasco y nuestra cara deja de ser el espejo del alma. Claro que si realmente lo fuera mejor depositarla con lo que está flotando en el fondo del inodoro.

Volvemos a respirar hondo y entonces nos hacemos conscientes de donde estamos y de lo que hemos hecho hace ya más minutos de los que nos pensamos. No volveremos a caer en la tentación de respirar más de lo necesario los efluvios de nuestra obra.

Cambiamos de dedo. ¡Esto no puede estar pasando! Da igual. Con cualquiera de ellos perdemos los papeles y nos juramos por lo más sagrado que jamás volveremos a cortárnoslas antes de…

Entonces, en plena desesperación y entre sollozos, repasamos mentalmente la acción del corte de uñas y caemos en que en el momento en que accionamos la palanca del corta uñas y la cizalla hace el corte, la superficie de la punta de la uña pierde su ángulo y queda como una pared recta. Dejamos de tener filo. Filo ganado por el uso y desgaste de la uña. Nos viene a la mente la hoja de un cuchillo. Filo por un lado, recto o romo en el lomo. ¡Vemos la luz!

Cambiamos el ángulo de ataque imaginando que afrontamos la acometida con uno de los ángulos rectos de la pared frontal de la uña. Con un nuevo espíritu, optimista y orgulloso de haber comprendido la mecánica del problema, nos resulta evidente que ahora el punto de empuje se afianza en mayor medida y nos invade un atisbo de esperanza. Ahora comprendemos aquello de los brotes verdes y la luz empieza a cegarnos. Entornamos los ojos de forma involuntaria.

¡Oh, sí! Se ha levantado, apenas si ha sido una fracción de milímetro, pero está claro que a fuerza de insistencia se irá levantando hasta que la doblez sea asible con nuestros índice y pulgar. Un tironcillo y la victoria será nuestra. Gracias a nuestro subconsciente somos capaces de oír los vítores y los aplausos de nuestros compañeros que en su día no pudieron aguantar tanta presión y acabaron sentados en el bidé, llorando desconsoladamente mientras el paquete de toallitas, desde el mármol del lavabo, les hacía pedorretas y les mostraba un par de peinetas con sendas manos.

Con rabia, y la intención de hacer leña del árbol caído, tiramos con fuerza de la pegatina, damos la vuelta al paquete y se la pegamos con decisión en el culo como  muestra y testimonio de que ha sido, por fin, sometido.

Le damos de nuevo la vuelta y eso ya no parece un paquete. Se ha deformado tanto que parece más un rulo que un recipiente flexible cuadrangular. Pero tiene la ventanuca abierta y nos muestra, lasciva, su contenido. ¡Ya te tengo maligno!

No le damos importancia, pero nos fijamos que lo que debería ser una superficie de toallitas húmedas no es más que la imagen de un océano embravecido de olas abruptas y desafiantes cuyos valles se sumergen escondidos entre las violentas crestas que, amenazantes, nos miran vengativas ante la ignominia que les hemos infringido. Está claro que el paquete no se ha tomado bien que le hayamos pegado en el culo el símbolo de su derrota. Pero crecidos y con el optimismo recuperado lo miramos, con indiferencia, totalmente ajenos a los que se nos viene encima.

De un vistazo intentamos localizar la primera toallita de la que tirando de ella y una vez extraída dejaremos la siguiente lista para sacarla con la facilidad negada por la anterior.

¡Mierda, la gafas! Y la frase que viene a la mente no podría ser más apropiada. ¡Esto es para cagarse! Aunque quizás, pensamos, nos equivocamos al elegir la preposición (busquen, busquen cual sería la apropiada, si se acuerdan). Pues nada, hombre, atacamos al tacto. ¡Cagada!

Teniendo el dedo desollado, consecuencia de la anterior batalla, es imposible percibir diferencia alguna, al tacto, que pueda darnos una pista. Hurgamos. Hurgamos con más fuerza y el estado del mar empeora considerablemente. A grades males, grandes remedios.

Intentamos pellizcar la superficie con la esperanza de coger el pliegue de la primera toallita y tiramos con cuidado. ¡Mierda, otra vez! Nos quedamos con esa pizca entre los dedos, a todas luces escasa.

Volvemos a intentarlo y aunque esta vez la pizca supone ya un trozo, este sigue siendo insuficiente y, como la pizca, acaba acompañando al papel mojado y teñido de azul del fondo de la taza.

Hartos, malhumorados, desesperados, derrotados y conscientes de lo miserable que llega a ser nuestra existencia, inyectamos una gran dosis de ira a nuestros ojos y clavamos los dos dedos en la superficie suave y húmeda buscando que esa sodomización del paquete de toallitas satisfaga nuestra desazón y sed de venganza.

No nos reconocemos a nosotros mismos y ante el repiqueteo exterior a la puerta seguidos de la voz del chaval, que viene a informarnos de que nuestro móvil está recibiendo una llamada, le soltamos, sin pudor alguno, al crío ¡qué le den por el culo al puto móvil! Y tiramos violentamente del mogollón de toallitas que formaban la cresta de esa ola. Entonces, justo después del ¡toma ya hija de puta! nos hacemos conscientes del chasco que se ha llevado el chiquillo. Nos sentimos fatal y la compensación, el precio por acallar nuestra conciencia, nos costará esos 60 pavos que cuesta ese juego de la consola que lleva días pidiendo.

Pero hemos vencido. El paquete yace muerto en nuestra mano “tonta”, mientras en la otra un manojo amorfo y grotesco de lo que sabemos que son toallitas. Dejamos el paquete y comenzamos nuestro particular origami para hacer de eso un montoncito de toallitas reconocibles y listas para su uso.

Ya podemos proceder a tan ansiada y esperada limpieza, pero tal ha sido la demora que al inspeccionar discretamente el contraste de color al primer pase sobre el fondo blanco inmaculado, concluimos que con la pizca ya habría sobrado, pues ya es de obligado paso por el chorrito y esparcimiento manual de jabón por todo el cañón ya que la deshumidificación de la zona en cuestión, ha solidificado la sustancia, otrora cremosa y viscosa, que había que retirar.

Guardamos de mala manera en el paquete las toallitas indultadas por las circunstancias, devolviéndoles su amorfidad arrebatada para meterla, otra vez, en su sitio. De nuevo, nos parece oír las risotadas del paquete. Has perdido la guerra…y lo sabes. ¡Valiente mierda!

 

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